El reguetón no es el enemigo: larga vida al reguetón






En los últimos días, el lanzamiento de ‘Con Altura’ ha vuelto a provocar que el reguetón se enfrenta a críticas por estar, según algunos, por debajo del resto de estilos musicales. Desmontamos el sinsentido de esto en pleno 2019.

Hace unos días, en Twitter se generaba una minipolémica por unas declaraciones de Vega, disgustada por la publicación de ‘Con Altura’, el último single de Rosalía junto a J Balvin y El Guincho, en las que la cantante afirmaba que el tema era una «infumable», criticaba su vídeo y el impacto que este podría tener entre la gente joven, y el hecho de que la industria «engullera» a la artista hacia el reguetón.

Como era evidente, la cantante recibía un importante backlash por las declaraciones, siendo acusada de elitista, snob y de mirar desde una torre de marfil al resto de estilos musicales, todos esos que no concuerden con su criterio, porque recordemos, Vega es una artista que ha trabajado con Soraya y compuesto para David Bisbal, cuyos giros al reguetón en ‘El Pretendiente’, ‘Perdón’ o ‘A Partir De Hoy’ no hemos visto muy criticado en su timeline.

Y claro, puestos a criticar, ¿por qué no criticar el impacto que alguien como Pete Doherty podría tener en alguien joven? ¿Qué le parece la figura de Ryan Adams, acusado de abusar de varias mujeres, como role model? ¿Se vendió en su día Bjork al trabajar con Timbaland? ¿Le parece que Alejandro Sanz también publica «porquería»? Evidentemente, que publicara una opinión sobre cada tema de actualidad sería agotador, pero la elección de Rosalía como diana en los últimos días es, cuanto menos, curiosa.

Pero no centremos el tema únicamente en lo que una artista haya podido declarar, al fin y al cabo, otros como Lola Indigo o Dani Martín han salido en defensa de Rosalía en las últimas horas, centremos el tema en que la opinión contra el reguetón es generalizada, y en pleno 2019 no tiene ya demasiada razón de ser. De habernos preguntado a nosotros hace unos años, también hubiéramos respondido que estabamos del reguetón hasta la pepitilla, pero con el mínimo análisis y el progreso que ha tenido el estilo en los últimos tiempos, seguir pensándolo es una tontería.

 

El problema no es el estilo, sería en todo caso el mensaje

Partamos de lo más básico: el problema no parte de la base atún-con-pan, que diría Mónica Naranjo. El reguetón no es más que un ritmo. ¿Qué problema podríamos tener con un bendito ritmo? El problema es el mensaje que el reguetón ha transmitido durante años. Sus máximos exponentes, las cosas como son, han tenido un mensaje machista, agresivo y violento.

Pero de nuevo, el problema no sería el estilo, sino el mensaje enviado, que ha ido suavizándose con el tiempo aunque aún le queden bastantes pasos por dar, especialmente en el terreno sexista. De hecho, siempre hemos pensado que el movimiento #MeToo ha pasado de largo por el reguetón, pero si nos fijamos bien, posiblemente no lo haya hecho, sino que el cambio, estando el mensaje tan arraigado, será más a largo plazo.

Pero en los últimos años hemos visto como J Balvin, una de sus principales caras, pedía a sus compañeros mensajes más positivos, como las mujeres se han hecho con el control del estilo lanzando nuevos mensajes (de nuevo, hay mucho que perfilar aquí), y sobre todo, como la fusión de estilos ha llevado el reguetón al pop, haciéndolo más accesible y variado.

Carguemos, por tanto, contra mensajes como el de ‘4 Babys’ de Maluma, tema del que el artista terminó no queriendo ni oír hablar -algún paso hemos dado, ¿veis?-, pero no contra el estilo.

Al fin y al cabo, ¿cuántas canciones rock difundían mensajes espantosos hace unas décadas? ¿Cuántos temas de pop contienen mensajes machistas? ¿El rap? ¿El metal? Si abrimos el cajón de la mierda, desborda.

 

No es cierto que esté monopolizando los medios

Otra de las creencias habituales es que el reguetón está colapsando la industria musical y monopolizando los medios. Esto es tremendamente fácil de demostrar como mentira. ¿Cuántas veces hemos visto a Ozuna en ‘El Hormiguero’? ¿A Bad Bunny? ¿Ha asistido Natti Natasha, Nicky Jam o Karol G a algún programa? Que seamos capaces de recordar, apenas pudimos ver a Becky G en ‘Operación Triunfo’, ese es todo el ejemplo de la presencia del reguetón en televisión en los últimos años.

Vamos con las radios, echemos un vistazo al top50 de los temas más pinchados del país: de entre 50 canciones, hay tres -¡tres!- que más o menos podrían catalogarse como reguetón, y decimos «podrían», porque realmente sólo están influenciadas por el estilo: ‘Perdón’, de David Bisbal, que es #9; ‘Bajito’, de Ana Guerra, #21; y ‘Mujer Bruja’, de Lola Indigo, #27. Ni un sólo artista de reguetón per se aparece entre lo más pinchado por las radios: no hay presencia de Ozuna, Bad Bunny, Becky G, Maluma, Balvin, Anuel AA, Natti Natasha, Daddy Yankee, Don Patricio…

El reguetón se escucha porque el público así lo quiere, no porque a nadie se lo estén metiendo por el gaznate: por el gaznate se están metiendo los temas de Dvicio, Morat, Antonio Orozco, Malú o Vanesa Martín, y no vemos a nadie quejarse por su omnipresencia mediática y su forma de acaparar radios y televisión.

 

«Toda la música suena igual hoy día»

Ozuna no suena igual que Bad Bunny, ni J Balvin suena igual que C. Tangana. Puede que esto sorprende a quien lo lea e incluso me lo discuta, pero haced la prueba, y pedidle a vuestros padres que distingan un tema de Madonna de uno de Jessica Simpson. Uno de Izal de uno de Vetusta Morla. Uno de David Guetta de uno de Carlos Jean. Uno de Jorja Smith de uno de Adele. Uno de Bjork de uno de James Blake. Uno de Aaliyah de uno de Brandy.

Podríamos pasarnos horas así: el único motivo por el que no se disciernen los matices de un estilo es porque el oído no está acostumbrado a los ritmos. Nosotros no seríamos capaces de distinguir, probablemente, a dos bandas de metal, porque no escuchamos el estilo y nos costaría. Y eso es aplicable a absolutamente cualquier otro tipo de música.

Por otro lado, hemos sido los primeros en quejarnos del verano eterno en el que vive inmersa la música latina, pero también es cierto que a finales de los dosmiles te hacía EDM al mismo ritmo Kelly Rowland que Shakira, y a principios de los dosmiles te hacia el mismo pop-rock El Canto Del Loco que Melendi. Porque era lo que se llevaba. Igual que en Estados Unidos existe una fiebre por el trap. Igual que la hubo por el doo-wop, por el soul, por el R&B industrial en el 2000… las modas vienen y van, y estamos viviendo un revival latino que expone mucho más los productos reguetón.

 

Hacer reguetón no es «venderse»

Finalmente, hablemos de esto. Que un artista haga reguetón no es que se «venda», especialmente si lo hace porque le sale de la punta del perreo. Otra cosa es que veamos productos que, de pronto, dan un volantazo de imagen y estilo porque algo no funcionaba y se agarran a un clavo ardiendo, que eso da más lástima, pero también existe la libertad de hacerlo.

No es el caso de Rosalía: con dos disco superventas, un streaming por las nubes, 6 Discos De Platino y dos de Oro, pensar que necesita «venderse» es, simplemente, una memez. Rosalía ha trabajado con J Balvin anteriormente, también con C. Tangana. Pero también con Billie Eilish. También con James Blake. No es una artista que, a priori, se encierre en un único estilo.

De la misma manera, que Alejandro Sanz pruebe con un tema reguetón no es venderse. Tampoco que lo haga Shakira. Ni que lo haga Chenoa. Más que nada porque no existen garantías de que los artistas pop triunfen con un corte reguetón: el reguetón que mueve masas es el más «puro», por así decirlo.

Y venderse, como decíamos al inicio del texto, puede entenderse como muchas cosas, tampoco conviene que ningún artista abra el cajón de lo que la industria «aprieta». Porque el hambre también lo hace en una buena medida, y malas decisiones tomamos todos en algún momento.

 

De modo que no, el reguetón no es el enemigo. Larga vida al reguetón. Y al pop, que sufre muchas veces el ser tratado con el mismo desdén. Y larga vida al rap. Al rock. Al R&B. Al EDM. Al bluegrass. Al jazz. Al funk. Y a toda la música que, de un modo un otro, nos genera emociones: bien sea haciéndonos sudar, haciéndonos llorar o provocándonos ternura.


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