¿Qué ha ocurrido para que Alfred García pierda a casi todo su público con ‘1997’?

El nuevo álbum de Alfred García se queda fuera del top100 más comprados y escuchados del país y ni siquiera consiguió colarse entre los 200 más escuchados en Spotify en su primera semana. ¿Qué ha pasado para que Alfred pierda a su público?

Alfred García fue uno de los alumnos con mejor funcionamiento comercial de la generación ‘OT 2017’ cuando su primer disco vio la luz. ‘1016’ llegó a vender unas 30.000 unidades con su lanzamiento original y la reedición y la gira lo terminaría llevando hasta el status de Platino. Pero el artista decidió retirarse durante un tiempo después de aquel éxito y el lanzamiento de su segundo disco se retrasaría hasta 2021, cuando volvía a la escena con ‘1997’ hace cuestión de un mes.

El disco arrancaba en un ya poco prometedor #5 en la lista de álbumes. De primeras, la posición no parecía preocupante, pero conociendo el mercado español, ya sabíamos lo que supone entrar por debajo de la sexta semana de Fito y Fitipaldis y del álbum de Rauw Alejandro, que sólo competía con streaming: que las cifras de ventas físicas y digitales de Alfred no habían sido para echar cohetes, más allá de que el disco tampoco estuviera funcionando en plataformas de streaming.

Los singles han necesitado de buen playlisting para alcanzar las cifras dignas que manejan ahora (‘Toro De Cristal‘, por ejemplo, no arrancó hasta estar playlisteado por radios) y la apuesta estaba echada a la edición física del formato. Para ello, Alfred había cuidado la presentación, vendido ediciones deluxe con el arte del trabajo en diferentes formatos y realizado un par de firmas de discos por el país durante su semana de debut. Pero no fue suficiente.

Sin embargo, la alarma que nos lleva a este post se da con la segunda semana de ‘1997’: el disco desaparece del top100 de álbumes tras sólo una semana. Lo que dejaría a Alfred entorno a las 1.000 unidades del disco vendidas a lo sumo, incluyendo los datos de streaming. Incluso los álbumes de compañeras de edición como Miriam Rodriguez o Ana Guerra, perjudicada la primera por la pandemia y la segunda por un brutal desgaste, tuvieron un recorrido más amable por la lista.

¿Cómo ha pasado Alfred de vender Platino a quedarse prácticamente sin público para ‘1997’?

 

 

El parón entre álbumes

El primer factor a tener en cuenta es el del tiempo transcurrido entre su debut y el actual disco: tres años de espera, que rara vez suelen sentar bien a artistas debutantes. Alfred decidió pausar su carrera para tomarse su segundo trabajo con más calma y curarse en salud mental, después del tsunami emocional que tuvo que ser la era ‘OT’ y posterior. Pero claro, tres años son muchos años para un artista nobel.

Especialmente en su género y con el clima de la industria ahora, en la que sus fans han podido pasarse por los discos de Dani Fernández, Miki Núñez, Andrés Suárez, Nil Moliner o Carlos Sadness, que si bien no hacen exactamente lo que él, podían ir arañándole oyentes a poquitos. Y claro, para cuando Alfred decidía volver, sus seguidores estaban a otra cosa. Especialmente considerando el target de edad que podía manejar (en torno a la suya propia), tres años de paréntesis daban margen a muchas páginas pasadas.

 

El deterioro de su imagen pública

Es indiscutible que, fuera de su fanbase específico, la imagen de Alfred no pasa por su mejor momento. El artista ha sufrido un efecto Thalía Garrido, con el que cada cosa que hace o dice se termina prestando a broma, meme o chiste. Incluso cuando realmente no es para tanto. De hecho, el ejemplo perfecto se ve con el día de estreno del disco: Twitter enloquece con la primera pista del álbum, ‘Jesus Gave Me Water’, que Twitter denomina, entre risas, como una mezcla entre Camilo Sesto y Kanye West. Lo cierto es que la pieza, bastante experimental en el terreno pop, no tenía nada de hilarante de no haber sido porque Alfred firmaba su autoría. Nadie hubiera viralizado ese track de haberlo producido Sen Senra, por ejemplo.

Esa imagen de ‘chiste’ viene causada por un efecto dominó que se alarga en el tiempo hasta los primeros días de su debut: Alfred ha tenido siempre un problema de comunicación mediática. Más allá de que pueda ser una persona ‘peculiar’, digamos, como al final lo somos todos, su forma de comunicar no es bien recibida por el público generalista. No está entrenado en la atención de medios. Es demasiado joven y quiere aparentar tener madurez mediática. Y claro, termina fracasando en el intento. Como cuando dijo que había trabajado con U2, o que era el primer artista que presentaba un álbum en directo antes de su lanzamiento, o definió el disco como «uno de los mayores proyectos que el sello haya podido realizar». Vive todo con un entusiasmo excesivo y termina comunicándolo con el mismo exceso.

Esas declaraciones lo distancian de un público generalista que las percibe como ególatras y altivas, por mucho que probablemente su intención con ellas diste de eso. Es un simple problema de saber cómo comunicar algo de una forma diferente.

 

La sensación de estrella ya montada

Otra de las cosas que no termina de cuajar de Alfred García es su imagen de it-boy. Parece impostada: ese esfuerzo por los outfit queer, por estar permanentemente fuera del tiesto aunque no guarde relación alguna con su proyecto o sonido. Porque visualmente resulta agotador.

Hubo una concursante, hace años, en el ‘The X Factor’ británico, a la que, en fase de castings, Simon Cowell le pidió que saliera, se deshiciera de la imagen de estrella del pop que había construido para sí misma y volviera después al escenario. Pues eso es un poco lo que a Alfred le hace falta: no pasar por la presión constante de lanzar mensajes con sus apariciones. Dejar que sea su carrera y su discografía la que le permita ir formulando sus estéticas.

Porque en ‘1997’, Alfred pasa del boy-next-door al fashionista nonsense con facilidad pasmosa, y la gente también se pierde. Su marca identificadora queda borrosa, entre lo excéntrico y lo absolutamente común. Entre el chico que podrías conocer del barrio y toca con los amigos a la estrella inalcanzable y conceptual. Y esta segunda parte, especialmente, parece demasiado fabricada. Se le ven las costuras, es excesivamente intencionada y le convendría dotar a su estética de mayor naturalidad. No simpleza, ojo, sino simplemente un desarrollo más coherente que el público pueda seguir y entender.

 

Un target complejo, complicado con ‘Toro De Cristal’

Otro de los problemas más obvios de Alfred con ‘1997’ es que nadie sabe muy bien a qué público se dirige: el disco va aparentemente encaminado al target festivalero, a los fans del directo, un puntito alternativo dentro de lo que es el pop-rock. Un underground sutil que, sin embargo, no parece estar conectando con él. Y cuidado: una cosa es que ciertos artistas del mundillo underground sí lo hagan, de ahí que se rodee y grabe con muchos de ellos, y otra cosa es que lo haga el público.

Súmese a esto que su equipo no tiene muy claro a dónde disparar: el contenido underground, pero la apuesta radio-friendly. La mayor cagada de toda la promoción de este álbum tiene nombre y es ‘Toro De Cristal’. La que es, y nos vais a perdonar, pero posiblemente la peor composición y producción de Alfred García en dos discos, ha cargado con el peso de todo el lanzamiento. Y se ha enviado a radios como estrategia de promo. ¿Estamos seguros de que es la gente que escucha la radio y consume ese pop pseudo-tropical y facilón el que va a comprar el disco? ¿Es siquiera ese track representativo de lo que el disco tiene en su tracklist? ¿Es, y volvamos al punto anterior, su estética imposible la que se relaciona al trabajo? Claramente no.

 

El fracaso comercial de ‘1997’ tiene que llevar a Alfred García a una profunda reflexión, máxime porque él ha invertido muchas horas (y mucho dinero propio) en sacarlo adelante. Pero eso sí, deja la puerta abierta a algo que creemos que le va a venir bien: su despido inminente de Universal Music. Esa salida del mainstream probablemente lo invite a ir más paso a paso, sin tanta presión por la magnificencia o por el responder a expectativas. Un borrón y cuenta nueva que, eso sí, ha dejado este trabajo en una situación precaria de cara a la galería. Y la verdad, tampoco merecía semejante guantazo.


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